Literatura en América Latina

(siglo XIX y XX)

Modificación del calendario de lecturas

Queridos y queridas,

dado que la siguiente semana dedicaremos nuestras dos sesiones a reflexionar sobre la desaparición forzada en América Latina y el caso de Ayotzinapa, el calendario de lecturas de las siguientes dos semanas quedaría de la siguiente forma:

  • Miércoles 18 y viernes 20 de febrero. “Ayotzinapa y la desaparición forzada en América Latina”. Lecturas: Pilar Calveiro, Informe Valech (más detalles en la entrada anterior).
  • Miércoles 25 de febrero. Rómulo Gallegos, Canaima.
  • Viernes 27 de febrero. Nellie Campobello, Cartucho.

Lo más seguro es que a Cartucho sólo le dediquemos la sesión del viernes, por lo que es indispensable que para ese día ya todos lleven terminada la lectura. ¡Nos vemos la siguiente semana!🙂

Mariana

Refléctere: la FFyL piensa desde el conflicto actual

ReflectereComo saben, la siguiente semana, del lunes 16 al sábado 21 de febrero, se llevará a cabo la jornada “Refléctere: la Facultad de Filosofía y Letras piensa desde el conflicto actual”, impulsada por la Asamblea Autónoma de Profesores. La idea es que entre profesores y estudiantes aprovechemos “los recursos temáticos, teóricos y metodológicos de cada disciplina, área o especialidad, así como de cada asignatura particular, para pensar junto con los estudiantes diferentes aspectos del conflicto que resquebraja nuestro país”. (Aquí pueden revisar la convocatoria que se hizo)

En lo que respecta a nuestro curso, decidimos entre todos que sí participaríamos en la jornada. Así que el programa para nuestra clase sería así:

 “LITERATURA EN AMÉRICA LATINA 3. SIGLO XX”

Ayotzinapa y la desaparición forzada en América Latina

El exterminio selectivo y las desapariciones forzadas que se llevaron a cabo en América Latina en el último ciclo de dictaduras militares del siglo XX dieron lugar a un tipo de violencia de Estado cuyo análisis ayudaría a comprender los procesos de violencia estatal de los últimos años en México. La propuesta es analizar en perspectiva latinoamericana la violencia del Estado mexicano en contra de los normalistas de la Escuela Normal de Ayotzinapa. Los asesinatos y desapariciones del 26 y 27 de septiembre de 2014 han desatado una profunda indignación en la sociedad mexicana, con resonancia internacional, que también ha puesto al límite la legitimidad misma del Estado mexicano. Este límite implica preguntarse por el papel que juegan los testimonios de las víctimas y las narrativas del dolor en una demanda amplia de justicia, tanto en la esfera judicial como en la interpretación política del presente. Además, estas experiencias civiles en América Latina ante el exterminio y las desapariciones forzadas también dieron lugar a figuras como las Comisiones de la Verdad y Tribunales Populares, que sirvieron como base para demandar procesos más amplios y concretos de justicia que terminaron por modificar al mismo Estado.

En esta semana de reflexión revisaremos los siguientes textos:

* La historia política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en la Argentina, de Emilio Crenzi.

* Poder y desaparición, de Pilar Calveiro. Revisaremos el preludio y las consideraciones preliminares. (Aquí puedes descargar el libro)

* Informe Valech (Chile). (Aquí puedes descargarlo)

Además, invitaremos a la Dra. Pilar Calveiro a la última sesión para establecer un diálogo sobre el tema. Miércoles y viernes, 10:00-12:00 hrs

Si quieres ver qué otras cosas más hay en el programa, husmea por aquí🙂

Bueno, eso sería todo. ¡Se va a poner bueno! Abrazos.

Mariana

Horacio Quiroga y “El hombre muerto”

Horacio Quiroga

Por Mariana Brito Olvera

Al principio, como siempre, se abre el problema de la clasificación: Quiroga el realista, Quiroga el de los cuentos de horror, Quiroga y la narrativa de la tierra, Quiroga y la denuncia social, Quiroga el decadentista. Más que meterlo en uno o en otro cajoncillo genérico, todos esos motes nos muestran a Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937), como un escritor polifacético. Distintos son entre sí “El almohadón de plumas”, horror que se impregna a partir del elemento de lo incomprensible –¡gran susto para el pensamiento racionalista!– que al final, ya demasiado tarde para el destino de Alicia, queda aclarado con una explicación fríamente científica[1]; “La gallina degollada”, enfermedad horrorosa que lleva a los cuatro hijos idiotas al crimen atroz y “El hombre muerto”, situado fuera ya de la etapa decadentista del autor y libre en apariencia de la huella de Poe. Y sin embargo, aunque no siempre bajo la estética del terror, el misterio de la muerte no se resuelve, sino que continúa con persistencia a lo largo de su obra,  aún con la conciencia de que un día se ha de llegar a ella, pues, como diría Gutiérrez Nájera, a pesar de que la vida nos diga “aún soy tuya”, nos queda en claro que nos traiciona.

A propósito de las facetas estéticas de Quiroga, Rodríguez Monegal ha ubicado cuatro etapas en la obra del escritor uruguayo. La primera corresponde a su iniciación literaria, a su faceta como decadentista, que se cerrará con la publicación de El crimen del otro (1904). La segunda será una etapa bastante heterogénea, como lo muestra la variedad de cuentos que conforman los Cuentos de amor de locura y de muerte (1917). La tercera etapa muestra una unidad mayor en cuanto a la estética de su obra, que se dejará ver en su libro Los desterrados (1926), y la cuarta, el momento en que el autor comienza su “progresivo abandono del arte”, a esta etapa correspondería, por ejemplo, Más allá (1935)[2].

“El hombre muerto”

Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.

Eclesiastés, 1, 4.

Iba en la escuela preparatoria cuando leí por vez primera “El hombre muerto”. Todavía recuerdo la sensación que me dejó la lectura: angustia. Una angustia bastante absurda, después reflexioné, pues hablaba de una cosa más bien obvia: la muerte. Sin embargo, persistía, me agobiaba. Miraba a mis maestros: cuántas generaciones no habrían escuchado una y otra vez esa clase, cuán pocos alumnos quedaban registrados, seguramente, en su memoria. El relato me había hecho sentir diminuta, ínfima –lo que, para una persona de mi estatura, implicaba casi la desaparición–, intrascendente en medio de ese mundo que al parecer yo no vivía, sino que me vivía, y que seguiría ahí, tan inmutable, tan cotidiano, tan como siempre, después de que yo me hubiera ido.

Al releer el cuento para preparar esta entrada, la sensación perdura, pero nuevas preguntas se abren ante mí para descifrar el misterio escriturario de Quiroga: ¿cómo le hizo para producir esa impresión? Recuerdo haberle mencionado a un amigo este cuento, le dije el título: “El hombre muerto”. “¿Y de qué trata?”, me dijo y se echó a reír. Ahí está una primera clave: el título, en él se cifra el tema: la muerte; el argumento: un hombre que muere; y parte de la trama: algo acaece y, como consecuencia, un hombre muere. Nada se deja a la imaginación. No podemos hacernos la típica pregunta anhelante de: “¿se salvará?”. Nada, es absurdo, el título revela el final. Si ya sabemos que el hombre “fría, matemática e inexorablemente” va a morir, ¿en qué elementos del cuento hay que fijarnos entonces? Como se trata de plantear preguntas para discutir en la clase, aquí empieza la ringlera de interpelaciones a modo de interrogación.

De manera fría alguien cuenta el suceso: el narrador. El hombre cae, comienza a morir. No hay dramatismos. Y de pronto, como si el tiempo se suspendiera:

En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún…?

¡Pero no han pasado ni dos segundos en el tiempo objetivo! ¿Cómo es este narrador?, ¿es sólo frío y descriptivo?, ¿cuándo sí?, ¿cuándo no? ¿Qué sucede con el tiempo cuando el narrador habla del hombre o cuando expresa sus pensamientos? Y, a todo esto: ¿por qué el hombre no tiene nombre propio?

Si a ustedes también les pasó sentir la impresión de intrascendencia ante la cotidianidad de lo que sucede en el mundo que permanecerá inmutable después de la muerte, les preguntaría, ¿cómo se produce ese efecto?, ¿hay algún fragmento o algunas palabras en específico que consideren clave para que se produzca?, ¿cuál o cuáles?

No más preguntas, que esto parece examen.🙂

P.D.: Aquí puedes leer “El hombre muerto”.


[1] “Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.”, Horacio Quiroga, “El almohadón de plumas, Cuentos de amor de locura y de muerte.

[2] Citado en Marina Gálvez Acero, “Horacio Quiroga” en Trinidad Barrera (coord.), Historia de la literatura  hispanoamericana, tomo ii, siglo xx, Madrid, Cátedra, 2008, p. 86.

Programa 2015-2

He aquí el programa de la materia. Cualquier cambio en el orden de las lecturas o en los autores que abordaremos, les informaremos en clase y lo publicaremos por aquí.

Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Filosofía y Letras / Colegio de Estudios Latinoamericanos

Literatura en América Latina (Siglo XX)

Semestre 2015-2

Mtro. Gustavo E. Ogarrio Badillo (titular) / Lic. Mariana Brito Olvera (profesora adjunta)

I. Objetivos del curso

Este curso es una introducción a la literatura latinoamericana del siglo XX. Su objetivo es familiarizar al alumno con algunos de los autores y temas fundamentales para la comprensión de la expresión literaria en el subcontinente. Se estudiará el siglo XX latinoamericano desde los problemas de configuración artística de los diferentes géneros literarios (cuento, novela, poesía, ensayo, crónica), en su relación con el contexto social, cultural y político. Además, la vinculación entre literatura y sociedad servirá también para comprender nociones como tradición y ruptura, así como para evaluar críticamente las diferentes periodizaciones que se han utilizado para interpretar el siglo XX latinoamericano. En una parte de este curso se abordará la relación y articulación en términos narrativos entre la literatura y el cine latinoamericanos.

II. Temario

  • Rubén Darío y el último modernismo: poética anticolonialista.
  • ¿Un narrador realista?: un debate en torno a los orígenes del realismo mágico. Horacio Quiroga.
  • La novela regionalista y el realismo social en perspectiva. Rómulo Gallegos.
  • Narrativa de la Revolución: Nellie Campobello.
  • El ensayo en América Latina: José Carlos Mariátegui y Pedro Henríquez Ureña.
  • Pablo Neruda y César Vallejo: la emergencia de las vanguardias.
  • José María Arguedas y el vanguardismo andino.
  • Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo y Roberto Arlt: crisis del realismo social.
  • El realismo mágico, lo real maravilloso y el boom latinoamericano: los estigmas de la nueva narrativa. Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpienter, Carlos Fuentes y Álvaro Mutis.
  • De cánones subvertidos: Inés Arredondo y Amparo Dávila.
  • Dos poetas peruanos herederos del vanguardismo. Política y poética de una generación: Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza.
  • La literatura fantástica y su poética de la narración: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.
  • Dos poetas chilenos del fin del siglo XX: Gonzalo Rojas y Nicanor Parra.
  • La invención del post-boom en el contexto de la globalización: la escritura paranoica, la disolución de las vanguardias y la crónica neobarroca. Ricardo Piglia, Roberto Bolaño y Pedro Lemebel.

III. Bibliografía

  • Rubén Darío, “VIII. A Roosevelt”, en Cantos de vida y esperanza, Claridad, Argentina, 2005.
  • Horacio Quiroga, “El hombre muerto”, en El hombre muerto y otros cuentos, Casa de Las Américas, Cuba, 1999.
  • Rómulo Gallegos, Canaima, Monte Ávila, Caracas, 1977.
  • Nellie Campobello, Cartucho.
  • Pedro Henríquez Ureña, “Patria de la justicia”, “La utopía de América”, “El descontento y la promesa”.
  • José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Era, México,
  • Pablo Neruda, Residencia en la tierra, Debolsillo, Barcelona, 2003.
  • César Vallejo, Los heraldos negros, Conaculta, México, 2004.
  • José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, edición crítica, Eve-Marie Fell (coordinadora), CONACULTA, colección Archivos, México, 1992.
  • Roberto Arlt, El juguete rabioso, Cátedra, España, 2001.
  • Juan Carlos Onetti, El astillero, Mondadori, Madrid, 1998.
  • Juan Rulfo, “Luvina” en El llano en llamas, Planeta, México, 2000.
  • Gabriel García Márquez, La hojarasca, Debolsillo, España, 2003.
  • Mario Vargas Llosa, Los cachorros, Varias ediciones.
  • Alejo Carpienter, Historia de lunas / Los fugitivos, Mondadori, España, 1990.
  • Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, FCE, México, 1987.
  • Álvaro Mutis, La muerte del estratega, FCE / UNAM / DGE, México, 2007.
  • Antonio Cisneros, “Canto ceremonial contra un oso hormiguero”, en De noche los gatos, FCE, México, 2004.
  • Inés Arredondo y Amparo Dávila. Selección de cuentos.
  • Rodolfo Hinostroza, Contra Natura, Lustra Editores, Lima, 2011.
  • Jorge Luis Borges, “El Aleph” en El Aleph, Alianza, Madrid, 1997.
  • Julio Cortázar, “Instrucciones para John Howell”, en Todos los fuegos el fuego, Alfaguara, España, 1998.
  • Gonzalo Rojas, “Al silencio” / “Contra la muerte” / “¿Qué se ama cuando se ama?”, en Poetas chilenos, selección y prólogo de Gonzalo Contreras, FCE / La Otra, México, 2º12.
  • Nicanor Parra, “Los vicios del mundo moderno” / “Sermones y predicas del Cristo de Elqui”, en Poemas para combatir la calvicie, FCE, Chile, 1993.
  • Ricardo Piglia, “El Laucha Benítez cantaba boleros” en Nombre falso, Anagrama, Barcelona, 2002.
  • Roberto Bolaño, “El Ojo Silva” en Putas asesinas, Anagrama, Barcelona, 2002.
  • Pedro Lemebel, Loco Afán, Anagrama, España, 2000.

IV. Bibliografía complementaria

  • Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana, Tomo I y II, FCE, México, 1980.
  • Martin Lienhard, La voz y su huella, Juan Pablos- UNICACH, México, 2003.
  • Antonio Cornejo Polar, Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad sociocultural en las literaturas andinas, Horizonte, Lima, 1994.
  • Susana Rotker, La invención de la crónica, FCE, México, 2005.
  • Jean Franco, Decadencia y caída de la ciudad letrada. La literatura latinoamericana durante la guerra fría, Debate, España, 2003.
  • ———-, Historia de la literatura hispanoamericana, Ariel, 1990, España.
  • Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, FCE, 1978, México.

V. Literatura y cine:

  • Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, Espasa Calpe, España, 2001.

Doña Bárbara. Dirección: Fernando de Fuentes, México, 1943.

  • Julio Cortázar, “Las babas del diablo”, en Cuentos completos, Alfaguara, 1998.

Blowup. Deseo de una mañana de verano. Dirección: Michelangelo Antonioni, Inglaterra- Italia, 1966.

  • Manuel Puig, El beso de la mujer araña, Seix-Barral, España, 1976.

El beso de la mujer araña. Dirección: Héctor Babenco, Brasil- Argentina, 1985.

  • Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, Editorial La Oveja Negra, Colombia, 1981.

Crónica de una muerte anunciada. Dirección: Francesco Rosi / Tonino Guerra, Italia-Francia-Colombia, 1987.

  • Carlos Fuentes, Gringo viejo, Planeta, 1985, España.

Gringo viejo. Dirección: Luis Puenzo, Estados Unidos, 1989.

  • Paulo Lins, Ciudad de Dios, Tusquets, España, 2003. Primera edición en portugués: 1997.

Ciudad de Dios. Dirección: Fernando Meirelles / Kátia Lund, Brasil, 2002.

  • Ricardo Piglia, Plata quemada, Planeta, México, 1999.

Plata quemada. Dirección: Marcelo Piñeyro, Argentina, 2000.

VI. Criterios de evaluación

  • Asistencia y participación.
  • Entrega a mitad de curso del proyecto de trabajo final.
  • Trabajo final, que consiste en elaborar y desarrollar una hipótesis de lectura de alguno de los textos vistos en clase.
  • Elaboración de fichas de comentario. El objetivo de este ejercicio es que la alumna o alumno desarrolle su sensibilidad estética para comentar obras literarias.

VII. Soporte digital:

El alumno o alumna podrá complementar sus conocimientos de los textos y acceder a sugerencias bibliográficas complementarias en el blog “Literatura en América Latina (siglo XIX y XX)”. Asimismo, podrá participar activamente en él si es que ha encontrado material pertinente o ha escrito algo relacionado con la materia que desee socializar con el resto de sus compañeros. La dirección del blog es la siguiente: https://literaturaenamericalatinacela.wordpress.com/

Lezama Lima y el otro romanticismo

Lezamapor

Gustavo Ogarrio

[Texto publicado el 18 de octubre de 2009 en La Jornada Semanal]

Un mundo tan rico no puede ser esclavo
de un rincón tan miserable

Fray Servando Teresa de Mier

En sus magníficos y a veces crípticos ensayos agrupados bajo el título de La expresión americana, el escritor cubano José Lezama Lima orienta su interpretación sobre el hecho americano hacia las aguas termales de la imagen –el reino de la imago– y plantea una posible reconstrucción de nuestra cultura a través de un actuante logos poético y de los tipos de imaginación que han expresado las pulsiones creativas de los americanos. Para Lezama, según Irlemar Chiampi, de la secuencia histórica y poética de nuestra cultura en el siglo XIX “surge el Rebelde Romántico, encarnado ora por el pícaro fugitivo fray Servando Teresa de Mier, ora por el sulfúreo Simón Rodríguez, ora por el metamórfico Francisco de Miranda –los tres trotamundos conspiradores de la Independencia , cuyos azarosos destinos culminan en la imagen de José Martí”.

El autor de Paradiso, esa monumental novela insular, enfoca su modelo de interpretación poética hacia la segunda mitad del siglo XX, desde el ejercicio de su pasión barroca, para captar los matices y direcciones del romanticismo americano. En su ensayo “El romanticismo y el hecho americano”, Lezama nos recuerda que en el fondo cultural de las Repúblicas americanas y de sus narraciones moralizantes y melodramáticas, subyace una República fugitiva que significa un permanente desafío para las lecturas oficialistas y dominantes. Lezama hace del ensayo un género de interpretación metafórica de la historia americana y, bajo las leyes imaginarias de su fábula historicista, ensaya respuestas y periodizaciones no realistas y al mismo tiempo opuestas al idealismo racionalista de Hegel.

El carácter contradictorio del romanticismo no fue solamente propiedad del siglo XIXlatinoamericano, el romanticismo europeo también se enfrentó con furia a su propia heterogeneidad. Stendhal afirmaba que “lo romántico es lo moderno y lo interesante”, Goethe pensaba que “el romanticismo es una enfermedad, es lo débil, lo enfermizo, un grito de combate de un escuela de poetas frenéticos y de reaccionarios católicos”, mientras Nietzsche afirmaba que “no es una enfermedad sino una terapia, una cura para la enfermedad”. Al pasar por la figura de Rousseau, el romanticismo europeo encuentra su vinculación irreversible con el liberalismo político naciente, mientras que con Schlegel surge como el “deseo terrible e insatisfecho de dirigirse a lo infinito”. A final de cuentas, el romanticismo admite una diversidad de formas de interpretación y representación, que tiene su límite y un criterio para su localización cuando es visto a la luz de la organización discursiva del poder, la mayoría de las veces bajo la sombra de los poetas frenéticos y los reaccionarios católicos a los que se refería Goethe.

En América Latina, es Lezama uno de los escritores que realiza una lectura del romanticismo desde otro de los ángulos de su modernidad republicana, al tiempo que acude a las imágenes de sus fugitivos para proponer una versión distinta a la de la exaltación sentimental de la patria, propia de la etapa independentista en América Latina. El poeta cubano persigue los relieves de un romanticismo radical, separatista de la Corona española a su manera, que convoca a los poderes de la picaresca y la libertad –entendidos como ejercicios críticos y trasgresores– para aportar una sensibilidad de cuño trágico al hecho americano. Fray Servando, Rodríguez y Miranda son también fugitivos de las versiones armoniosas de las “señoritas latinoamericanas” de la novela de folletín decimonónica y llevan la sensibilidad romántica a los terrenos de “la temeridad”; viven una nación que los excluye durante su proceso fundacional, pero que al nombrarla y pensarla los absorbe en su dimensión utópica.

A falta de una literatura anclada en el devenir conflictivo y creativo de América Latina, preocupada más por convertirse en el instrumento moral y sentimental del nuevo poder que en sacudir las certezas de la República e imaginarla críticamente, Lezama busca en los relatos de vida, en la personificación de imágenes colectivas, las estelas de la era imaginaria del romanticismo decimonónico.

Los tres trotamundos experimentan a fondo las contradicciones del hecho romántico y son portadores del elemento luciferino que los conduce a producir una imagen, una transfiguración con consecuencias poéticas que es integrada como signo del Eros cognoscente lezamaniano.

Simón Rodríguez es desterrado de la esfera del poder libertador sudamericano y su destino se convierte en el lado oscuro de la utopía bolivariana. Formador intelectual y moral del Libertador, Rodríguez vive su agonía desde una marginalidad asumida y desde una pregunta devastadora: ¿cómo vivir la transfiguración del “nudo gordiano” de la libertad, acaecida en un poder que paulatinamente va perdiendo sus elementos fundadores? Lezama va en busca de la imagen que pueda precisar el drama de Simón Rodríguez. Un encuentro entre el maestro y el discípulo, ocurrido en Lima en 1825, ilustra la tragedia de Rodríguez. Escribe Lezama:

Se desmonta de su caballo, y en salón de recepciones Bolívar lo abraza con temblor. Pero entre el atuendo de la grandeza sin medida, ahí está Rodríguez con su vieja miseria, con el fracaso en Chuquisaca, con su mula de recorridos inmensos desde Bogotá hasta el lago Titicaca, con su orgullo, con su fábrica de velas de sebo… Y la infamia nuestra siempre dispuesta a herir con espolón de cobre, en muchas de esas distancias, se le exige tomar partido en contra de Bolívar, para lograr facilidades de subsistir. Pero el buen viejo, tan seguro en su destino de fracasos como Bolívar en su destino titánico, en una carta que le dirige a Bolívar, le dice: “¿Qué voy a hacer yo en América sin usted?” Bolívar vive ya en el gran escenario de la transfiguración histórica de los destinos, y Rodríguez vive en el acarreo invisible, en el demonio de los mesones, en el esplendor de la pobreza, y aunque Bolívar lo recuerda y lo quiere, la divergencia se hace más peligrosa para Rodríguez, que se ve obligado, ya maduro, a fabricar el itinerario de sus días con dificultades acrecidas por lo desigual de la intención.

En Simón Rodríguez, Lezama encuentra la furia liberal y marginal del romanticismo, “el ejemplar de individualismo más sulfúreo y demoniaco”.

Francisco de Miranda, “el primer gran americano que se hace en Europa un marco apropiado a su desenvolvimiento”, recibe directamente el gran torrente europeo de la imaginación liberal romántica, al convertirse en el “hombre de más prestigio en el ejército francés”, después de la caída de Robespierre.

La trayectoria de Miranda pasa por el delirio militar, el halago y el reconocimiento, al tiempo que consolida un gran abanico de relaciones con las poderosas elites europeas y estadunidense. Fue Coronel del Ejército Ruso, amigo de Washington y referente solar de Napoleón. Sin embargo, la opulencia de su destino termina en el destierro del poder. Miranda baja al subsuelo del romanticismo americano en sus aciagos “días venezolanos” y el Libertador se encarga también de configurar su tragedia, mientras el calabozo se erige como emblema final de su errante figura.

El mapa que fray Servando traza con su experiencia fugitiva es el de la “infelicidad” permanente, un destino marcado por la persecución y la defensa de una narraciónde la nación que atentaba contra las versiones dominantes, ya sea colonial o republicana. Desde la soledad de su errante figura, siempre en transición, fray Servando va sumergiéndose en la conformación, interminablemente violenta y compartida, de una República que busca su definición cultural entre los restos de la Colonia y el vigor de la modernización independentista y que en sus momentos más intensos lo definen a él: “…al infeliz que, como yo, trae las bellas letras de su casa, y por consiguiente se luce, pegan como un real de enemigos hasta que lo encierran o destierran”.

En el amanecer de esta modernidad republicana, fray Servando, interpreta Lezama, “hace de la persecución un modo de integrarse… es el primero que se decide a ser perseguido… intuye la opulencia de un nuevo destino, la imagen, la isla que surge de los portulanos de lo desconocido, creando un hecho, el surgimiento de las libertades de su propio paisaje”.

El dilema de fray Servando se intensifica conforme avanza el proceso de invención de la República; al solidificarse la arquitectura moral y sentimental de la nación, el cura es arrinconado por el régimen político y discursivo dominante: “Se dice que soy hereje, se asegura que soy masón y se anuncia que soy centralista. Todo es, compatriotas carísimos, una cadena de atroces imposturas.”

Sin embargo, fray Servando se niega a salir de la temperatura fundadora de la modernidad republicana y encamina su destino rumbo a la conformación de una cartografía inaugural, una ruta que hace de la persecución y el detalle picaresco una manera de integrarse al mapa político, trágico y sensible de la República liberal y romántica.

El mapa de este romanticismo de perseguidos, Lezama lo transforma en la clave metafórica en la que se expresa otra historia de la naciones latinoamericanas. Repúblicas que inscriben sus figuras errantes y trágicas en el largo plazo de las eras imaginarias, en el paisaje de una “complejísima transmutación de culturas”, como le gustaba decir al mismo Lezama. Una transmutación en tierras americanas que busca su sentido histórico en el lento transcurrir de los milenios y en una irradiación de luz propia que le permita ser incansablemente descifrada.

José María Heredia

Para este viernes hay que leer dos poemas de José María Heredia: “En el teocalli de Cholula” y “Niágara”- Ambos los pueden encontrar en esta antología de poesía de la independencia, editada por la Biblioteca Ayacucho.

 

Un saludo. 

 

Mariana

Repúblicas que huyen. Lectura de “El romanticismo y el hecho americano” de José Lezama Lima

Rodríguez

por Mariana Brito Olvera y Éber Carreón Huitzil

[Este texto fue escrito en 2012 para el seminario sobre Simón Rodríguez dirigido por la Mtra. María del Rayo Ramírez Fierro en la FFyL-UNAM]

El fugitivo que huye en las imágenes: Lezama Lima y su visión histórica

“Sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento, pero en realidad, ¿qué es lo difícil?”

José Lezama Lima, La expresión americana.

Mientras Spengler llegaba con microscopio en mano y otros con fechas y nombres en los labios, Lezama Lima venía vestido de imágenes, venía cubierto de verbos y notas musicales. Así llegó para contarnos, con voz mítica y actual, cuál es la “expresión americana”, a hablarnos de otra historia, de una nueva historia porque es contada, urdida, de otro modo, es la “imagen participando en la historia”, es “la historia tejida por la imagen”. Lezama Lima le apuesta, en un arrebato demoniaco, a otro logos, al logos poético, ése que le permite hablar no del deber ser, sino del poder ser (la imago), para llegar así a las múltiples formas de lo real “sin las constricciones de un a priori rígido al cual deben someterse todos los hechos”[1].

A diferencia de un Hegel separado él mismo de la naturaleza, Lezama se mezcla con ella. El paisaje no se metamorfosea ni adquiere sentido sólo por mano del hombre, sino que también el paisaje se mueve y viene en su búsqueda. Y la manera de contar estos paisajes que se suceden en “eras imaginarias” es como una melodía siempre a contrapunto: urdiendo lo que parece tan separado, haciendo armonioso aquello que los siglos nunca dejaron juntar. Pero lo que es cierto es que los acontecimientos no se homologan spenglerianamente, no es que los paisajes y los hechos se unan per se, pues hay alguien detrás de todo ello: es el sujeto metafórico el que relaciona los entes naturales para convertirlos en entes culturales imaginarios, el que “actúa para producir la metamorfosis hacia la nueva visión”, que es “una nueva vivencia y que es otra realidad con peso, número y medida también”[2], pues sirve para “volver a vivir lo que ya no se puede precisar”[3].

 

Repúblicas que huyen:

De los arúspices y profetas que decidieron ser perseguidos

“Se dice que soy hereje, se asegura que soy masón y se anuncia que soy centralista. Todo es, compatriotas carísimos, una cadena de atroces imposturas. Ni mis escritos ni mis palabras ni mis actos podrán jamás proponerse como justificantes de calumnias de tanto tamaño”.

Fray Servando Teresa de Mier

 

La fábula histórica, entonces, le permite a Lezama hablar de vivencias no experimentadas y de novedosas realidades, o de realidades que están ahí, a la orilla del escenario. Hemos dado cuenta de que es necesario cambiar una lámpara de lugar, aquella que está arrumbada en una parte de la habitación y que serviría para iluminarla toda si la pusiéramos sobre la mesa. Lezama ilumina el otro lado de la independencia, un lado menos brillante que el del titánico Bolívar, o del el heroico Hidalgo –según lo que la historia oficial relata-, pero igual de significativo porque hace aparecer en escena a unos héroes silenciosos –o silenciados- que, como profetas y visionarios todos, a la vez que vislumbraron su “fracaso”, fueron capaces de empezar a soñar la utopía de otra América.

Fray Servando Teresa de Mier, “curita juvenil, afiebrado, muy frecuente en la exaltación y el párrafo numeroso”[4], aparece en escena pronunciando un discurso que podría pecar más de ingenuo que de rebelde: con sermón en boca, y lima para derribar barrotes, se lanza a decir que la imagen de la guadalupana estaba en la capa de Santo Tomás y no en la del indio Juan Diego. Pero más que inocencia por parte del pícaro cura al afirmar semejante hecho, hay astucia: es el castigo el que lo incita a actuar, con plena conciencia, de ese modo, pues “Fray Servando es el primero que se decide a ser el perseguido”[5], el fugitivo. Aprovecha el momento propicio, las fiestas guadalupanas, para concretar su idea anteriormente concebida, de manera que lo que se pone de manifiesto es que el fraile se ha marcado fuera del poder central, se ha vuelto autónomo. Le ha apostado al separatismo político. Tanto el arzobispo como el virrey se han dado cuenta de lo simbólico que representa este acto, de modo que “de la persecución religiosa va a pasar a la persecución política”[6], siendo así como comienza “la ringlera de sus fugas y saltos de frontera”[7].

Pero, ¿por qué hace eso Fray Servando?, ¿qué es lo que, en el fondo, desde aquellos tiempos, el joven arúspice ha vislumbrado? Lezama dirá que,

Fue el perseguido, que hace de la persecución un modo de integrarse […], porque ha intuido que otro paisaje naciente viene en su búsqueda […], el que intuye la opulencia de un nuevo destino, la imagen, la isla que surge de los portulanos de lo desconocido, creando un hecho, el surgimiento de las libertades de su propio paisaje, liberado ya del compromiso con un diálogo mantenido con un espectador que era una sombra[8]. (cursivas nuestras)

Los tres personajes que Lezama imagina en las páginas de su libro son, a pesar de la oscuridad a que los hemos condenado, los que iluminan el nuevo paisaje que le espera a América, el de la independencia. Fueron de  los primeros en intuir, concebir y luchar por una América libre y más justa. Cuando Hidalgo lanza el Grito de Dolores, Teresa de Mier ya está escapando de las cárceles de Europa y redactando boletines que apoyan la idea separatista; cuando Bolívar se está convirtiendo en “el gran Libertador de América”, su maestro, Simón Rodríguez, ya es el viejo héroe incómodo y silencioso que fue, y Francisco de Miranda ya había impactado a media Europa, incluyendo a Napoleón.

Trotamundos siempre, enseñaron que la patria se lleva en las entrañas, y, sin embargo, terminaron siendo rechazados por la América que tanto amaron. Quedaron confinados al otro lado del espejo, marginados, atrapados en esa otra dimensión del olvido, donde sólo se les puede rendir culto dando, como en el rito de Pachacámac, besos al viento; donde sólo les queda ser fantasmas incómodos que vienen de vez es cuando a reclamarnos, con voz mísera y fuerte, que siguen ahí. Es la triada perseguida, la triada que no es posible atrapar entre las manos porque viajan entre las imágenes de un sueño que parece irreal, conquistan la patria fuera de ella, nunca se les deja estar en ella.

Es tal vez de ahí de donde les nace el sentimiento melancólico, el genio romántico. Dice Fray Servando en sus memorias: “¡Y al infeliz que, como yo, trae las bellas letras de su casa, y por consiguiente se luce, pegan como en un real de enemigos hasta que lo encierran o destierran!”. Sus palabras hacen eco en las palabras de Rodríguez, que se muestran aún más melancólicas, pues “[c]erca de los ochenta años lo araña la amargura”[9].

Por querer enseñar más de lo que todos aprenden, nos dice, pocos me han entendido, muchos me han despreciado, y algunos se han tomado el trabajo de perseguirme. Por querer hacer mucho no he hecho nada y por querer volver a otros  he llegado a términos de no volverme a mí mismo[10].

Y el gran Francisco de Miranda, como en un canto conjunto con los dos anteriores, también dirá entre rejas, aunque menos melancólico que furioso: “Bochinche; bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche”.

Como a todos los héroes románticos les esperaba la tragedia, de esas tragedias que son aún más monstruosas por haber anunciado antes grandes victorias, como el caso de Miranda. Son personajes románticos porque sus historias están llenas de frustraciones y fracasos. Teresa de Mier termina siendo arúspice consultivo en el Palacio de la Presidencia de México. Pasa su vida huyendo de cárceles, renovando tradiciones, para que al final él mismo termine como reliquia: encerrado en un gabinete.

Francisco de Miranda, después de haber caminado por el mundo con fusil y espada de mando, lo mismo paseando por Jamaica que por Rusia, ganando siempre gente a la causa, “termina por hundirse en la extrañeza y volver hacia América, donde el destino joven de Simón Bolívar, lo deja sin aplicación ni apoyo, en donde se muestra incoherente, indeciso, uniendo su nombre al primer gran fracaso de la independencia venezolana”[11].

Pero tal vez el destino más trágico sea el de Simón Rodríguez, que no alcanza ni espacio en el Palacio de Presidencia, ni un nombre grabado en el mármol al lado de los grandes guerreros europeos.

[E]ntre el atuendo de la grandeza sin medida [de Bolívar], ahí está Rodríguez con su vieja miseria, con el fracaso de Chuquisaca, con su mula de recorridos inmensos, desde Bogotá hasta el lago Titicaca, con su orgullo, con su fábrica de velas de sebo para despreciar en su irreductible y fijar la nobleza del condumio[12].

Gran tragedia para aquel maestro del Libertador, para este profeta que tanto reflexionó acerca de las sociedades americanas, para este solitario que, finalmente, perdió a su brillante discípulo, que era su gran interlocutor, de modo que un día, “tan seguro en su destino de fracasos como Bolívar en su destino titánico, en una carta que le dirige a Bolívar, donde adquiere una meticulosa sencillez incomparable, le dice: ‘¿qué voy a hacer yo en América sin usted?’”[13].

Esa es la historia de los románticos radicales independentistas del XIX. De esos personajes que parecen siempre ausentes, pero que –curiosamente- siguen pareciéndolo. Lezama, a propósito del triste destino de Rodríguez dice que

nos causa la impresión de que Bolívar que tuvo la fuerza necesaria para interpretar y dar forma a un momento del destino americano, no la tuvo para entregarle a su maestro, no su alabanza admirativa, sino el diálogo del paisaje […], por la que este individualista de desesperada última instancia, pudiera soltar el ascua, deshacerse de la maldición, como esos orgullosos muy tiesos que ante una ternura clave se vuelven transcurridos, obsequiosos y reverentes[14].

La pregunta es entonces, ¿sabremos nosotros dar el diálogo cariñoso?, ¿estaremos dispuestos a hacerlo?, ¿nos lanzaremos a ser también fugitivos para intentar hallar otras historias, otras imágenes?

FIN

[1] Irlemar Chiampi, “La historia tejida por la imagen”, en José Lezama Lima, La expresión americana, México, FCE, 1993, pp. 15.

[2] José Lezama Lima, La expresión americana, México, FCE, 1993, p. 53.

[3] José Lezama Lima, Op.cit., p. 56.

[4] Ibid., p. 113.

[5] Ibid., p. 116.

[6] Ibid., p. 112.

[7] Ibid., p. 111.

[8] Ibid., p. 116.

[9] Ibid., p. 122.

[10] Idem.

[11] Ibid., p.130.

[12] Ibid., p.119.

[13] Idem.

[14] Ibid., 120.

Viernes 15 de agosto: Fray Servando Teresa de Mier

Les recuerdo que este viernes comenzamos la lectura de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier. Si no encontraron la edición de CONACULTA, de la que el profesor les había indicado leer las primeras 90 páginas, les comento que éstas abarcaban únicamente el apartado I de la “Apología del doctor Mier”, que son los “Antecedentes y consiguientes del sermón hasta la apertura del proceso”.

  • Para consultar la obra en internet, da click aquí.
  • También puedes leer las entradas introductorias que preparé para el curso del año pasado. Da click aquí para leer “Fray Servando Teresa de Mier” y aquí para leer “Fray Servando Teresa de Mier y los problemas de la ficción”.

 

Un saludo. Nos vemos en clase.

Mariana

Programa semestre 2015-1

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

COLEGIO DE ESTUDIOS LATINOAMERICANOS

Literatura en América Latina 2

(Siglo XIX)

Semestre 2015-1

Mtro. Gustavo E. Ogarrio Badillo

Mariana Brito Olvera (ayudante)

 I. Objetivos del curso:

Conocer la producción literaria de América Latina durante el siglo XIX en su contexto histórico y cultural; problematizar acerca de la compleja relación entre literatura, nación y sociedad, así como abordar los problemas de constitución y especificidad de las diferentes modalidades del texto literario. Profundizar en los problemas de poética y voces narrativas propios de los ciclos culturales y políticos del siglo XIX, así como en la constitución misma de los diferentes géneros literarios, siempre vistos desde la perspectiva de su contexto social, político y cultural.

II. Lecturas a realizar:

  • Fray Servando Teresa de Mier, Memorias, México, conaculta, 2008.
  • Simón Rodríguez, Sociedades americanas. Cómo son y cómo podrían ser en los tiempos venideros.
  • Ramón Martínez Ocaranza (antologador), Poesía insurgente, México, unam, 1987.
  • José María Heredia, “El teocalli de Cholula”, “Niágara”, en Poesía de la independencia, ed. Emilio Carrilla, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979, pp. 75-82.
  • Gertrudis Gómez de Avellaneda, selección de poemas.
  • Esteban Echeverría, “El matadero”. Varias ediciones.
  • Domingo F. Sarmiento, Civilización y barbarie y Recuerdos de provincia. Varias ediciones.
  • José Hernández, Martín Fierro. Varias ediciones.
  • Jorge Isaacs, María. Varias ediciones.
  • Ignacio Manuel Altamirano, Clemencia. Varias ediciones.
  • Ricardo Palma, Tradiciones peruanas. Varias ediciones.
  • Joaquim Maria Machado de Assis, Memorias póstumas de Blas Cubas, fce, 2006, México y El alienista.
  • José Martí, “Nuestra América”, La edad de oro, selección de crónicas.
  • José Emilio Pacheco (comp.), Antología del Modernismo, México, unam-era, 1999.
  • Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América hispánica, Bogotá, FCE.

III. Bibliografía complementaria:

  • Jean Franco, Historia de la literatura hispanoamericana, España, Ariel, 1990.
  • José Miguel Oviedo, Historia de la literatura hispanoamericana. Del Romanticismo al Modernismo, Tomo II, Madrid, Alianza Editorial, 1996.

IV. Criterios de evaluación:

  • Asistencia y participación.
  • Entrega a mitad de curso del proyecto de trabajo final.
  • Trabajo final, que consiste en elaborar y desarrollar una hipótesis de lectura de alguno de los textos vistos en clase.
  • Elaboración de una ficha de comentario por cada uno de los textos vistos en el curso. El objetivo de este ejercicio es que la alumna o alumno desarrolle su sensibilidad estética para comentar obras literarias.

V. Soporte digital:

El alumno o alumna podrá complementar sus conocimientos de los textos y acceder a sugerencias bibliográficas complementarias en el blog “Literatura en América Latina (siglo XIX y XX)”. Asimismo, podrá participar activamente en él si es que ha encontrado material pertinente o ha escrito algo relacionado con la materia que desee socializar con el resto de sus compañeros. La dirección del blog es la siguiente: https://literaturaenamericalatinacela.wordpress.com/

América Latina

De la tesis o de por qué no he escrito en el blog

TesisNo están para saberlo -aunque muchos de ustedes sí lo saben- ni yo para contarlo -aunque siempre termino contándolo-, pero este semestre estoy en pleno proceso de realización de mi tesis. Es loco, pero hacer una tesis implica enfrentarse a muchos espectros nuestros: miedos, angustias existenciales, frustraciones. Hasta el momento, para que los espectros no me ganen la titulación, cada vez que comienzo a pensar esas cosas que los tesistas pensamos (“¡Oh, no! debí haber leído estos 800 libros más”, “Oh, no, ¡qué mierda de tesis!”, “Soy chafa”, etc.), me digo frases de sicología barata para poder continuar, algo así como: “sólo piensa en el hoy, Mariana, enfócate sólo en lo que te propusiste hoy. Luego te preocuparás por lo demás”, y así diario. Uno siempre piensa que es más listo y complicado que esas vulgares expresiones tipo “únete a los optimistas”, pero la verdad es que no es taaaaan así.

Hacer la tesis es también una muestra de humildad: he tenido que aceptar que esas frases tan horrorosamente optimistas y tan poco poéticas me funcionan, que una pinche investigacioncita me puede dejar paralizada algunos días sin saber qué hacer con ella, sin mencionar la resignación de que no realizaré la grandísima obra intelectual por la que me coronaría como reina de la crítica literaria (yo pensaba que para esta tesis sería  ya como Ángel Rama o Cornejo-Polar, cuacuacuá). Esto último no implica en absoluto renunciar a hacer buenas tesis o caer en lo contrario, o sea, pensar que no se puede decir nada propio porque aún no estamos lo suficientemente preparados. Si esperamos a estarlo, lo más probable es que nunca podremos decir nada y que, por tanto, desaparezca la producción intelectual escrita. Con este último pensamiento me lancé a la escritura. Es cierto, conforme escribo me doy cuenta de que me falta leer algunas cosas, pero es más fácil, porque ya no son tooooodas las cosas.

Por otra parte, como bien nos enseña Antonio Alatorre en su conocido ensayo “¿Qué es la crítica literaria?”, hay que confiar en nuestras propias intuiciones derivadas de nuestra experiencia. Hace unos meses realicé un taller de escritura de crítica de la literatura con unas compañeras, y al respecto decíamos que “toda crítica literaria comienza por la lectura, que es, sin temor a exagerar, una experiencia de vida: leer una novela, un ensayo, un poema, nos produce una sensación intelectual o sensorial. Cuando aprendemos a formular, articular y reflexionar sobre todas estas sensaciones mediante la palabra estamos, en realidad, aprendiendo a ser críticos literarios.” La crítica, vista de este modo, deja de ser ese ejercicio aburrido que consiste en leer todo lo que otros han dicho del libro del que voy a hablar, escribirlo y finalmente sepultarme a mí mismo detrás de palabras ajenas, para convertirse en una nueva interpretación de la realidad desde la literatura, así como en diálogo fecundo entre lo que yo, desde mi experiencia, pienso y lo que los demás dicen al respecto. Esa ha sido una de las partes más ricas de la realización de mi tesis. Y escribir, claro. Una vez abandonado un lenguaje robótico y mecánico, escribir se vuelve un gusto.

Anyway, para terminar esta terapia en voz alta, les cuento: entre aciertos y tropezones he continuado la redacción de mi magna creación (lo de la humildad ya ha quedado muchos párrafos atrás) sobre memoria, justicia y utopía en la obra crítica de Pedro Henríquez Ureña. Es por ello que, como habrás notado, asiduo lector, no he podido escribir con constancia las entradas del blog. Una profesora solía decir que “la tesis se hace con las nalgas” (*¡alto! por favor, no lo tomes literal*), porque implicaba aplastarte en una silla por horas y horas a diario, hasta que voilá, la  tesis está terminada. Cuando eso suceda, que espero será pronto, volveré (sí, es amenaza) con muchas entradas sobre literatura latinoamericana.

Mientras tanto, te recuerdo que siempre es posible que TÚ participes en el blog en calidad de colaborador. Ya hemos tenido algunas entradas del profesor Ogarrio y la entrada sobre Neruda que preparó César Alvarado, del Colegio de Letras Hispánicas. Puedes participar tanto si eres alumno de los cursos del profesor Ogarrio como si no lo eres. El único requisito es que a) las entradas sean de índole introductoria, debido a que el blog es para fomentar discusiones en estudiantes interesados en la literatura latinoamericana del siglo XIX y XX (si puedes proporcionar alguna bibliografía básica estaría muy bien) y b) las entradas aborden alguna obra incluida en el programa de la asignatura. Si eres alumno de Ogarrio y fuiste a la sesión de “cine y literatura” estaría bien (*guiño, guiño*) que te animaras a hacer una reseña para los que no pudieron asistir.

Fin, por fin🙂

Mariana

Navegador de artículos

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.