Literatura en América Latina

(siglo XIX y XX)

¡Estamos de vuelta! Romanticismo en América Latina: los manuelitos y María

Por Mariana Brito Olvera

Después de un silencio de poco más de un mes, estamos de vuelta y esta vez con la firme convicción de no volver a abandonarlos. Muchos de los proyectos de ensayo final de la materia de Literatura en América Latina del siglo XIX son sobre “Manolito el pisaverde” de Ignacio Rodríguez Galván, “Manuelita” de Guillermo Prieto, y María de Jorge Isaacs. Esta pequeña entrada hace un recuento de las cosas que se han dicho en torno a estos tres textos, así como una breve lista de lecturas que se recomendaron en su momento.

Al hablar del romanticismo en México, a propósito de las obras de Guillermo Prieto e Ignacio Rodríguez Galván, pudimos problematizar, en primer lugar, la noción de “literatura” como una categoría histórica. Es decir, los rasgos de lo que consideramos que es o no literatura cambian con el tiempo: muchas de las obras que hoy nombramos y leemos como literatura (por ejemplo, las crónicas de conquista, los relatos míticos de pueblos originarios, etcétera) en su momento se consideraban como historia o como relatos sagrados, no como una composición artística. Asimismo, para entender el siglo XIX mexicano, y en general latinoamericano, tenemos que atender a qué noción de literatura tenían en mente los escritores de nuestra América.

El siglo XIX, como ya les habrán mencionado en todas sus clases hasta el hartazgo, es el siglo de la conformación y organización de los estados-nación. Los proyectos políticos y sociales que surgen son tan diversos como sus mismos pensadores. En el ámbito artístico y cultural se hablaba de una “independencia intelectual”, lo que significaba que América empezara a tener creaciones propias que la diferenciaran de la vieja Europa (es lo que Pedro Henríquez Ureña llamará la “busca de nuestra expresión”). Surge entonces el afán de construir literaturas nacionales, propias. Después de un primer intento por parte de los neoclásicos por construirla, llega el espíritu romántico empacado en la maleta europea de Esteban Echeverría, quien predicará este credo que se opone al ideal de la corriente estética anterior. El romanticismo es la corriente estética que atravesará todo el continente, pero pese a tener los rasgos estilísticos que desde el continente europeo lo caracterizaban, aquí adquieren un “color” especial, pues se enmarcan dentro de una concepción de la literatura que tiene una función social y política: fundar naciones y expandir la civilización por la vía letrada, es decir, pese a ser románticos, siguen teniendo en mente el gran ideal ilustrado de educar a los pueblos. Es por ello tan común, como lo vimos en los cuentos de Galván y Prieto, que los rasgos románticos adquieran un matiz peculiar: el mal amante generalmente es un mal cristiano, que a su vez es mal patriota y, por tanto, digno de irse al barranco a la manera de la tragedia romántica, ya que personas como esas no sirven para ciudadano.

La lectura de María nos permitió complejizar aún más nuestro romanticismo, pues vimos cómo esta corriente estética no es uniforme ni estática. Hablamos de cómo las corrientes literarias en realidad no se suceden unas a otras de manera perfectiva, sino que se instalan en un mismo espacio literario y que, al ser así, conviven muchas veces de manera simultánea, entretejiéndose o manteniéndose en un estado de conflicto unas con otras. De tal modo que, cuando en 1867, el colombiano Jorge Isaacs saca a luz su tan afamada novela, el romanticismo en nuestra América ya no es el mismo que el de los años treinta o cuarenta. En afán doctrinal ya no está tan presente como en los cuentos que leímos primero, ni es tan explícita tampoco la moraleja. La estética romántica se conjuga constantemente con la realista, tan en boga en esa época. La primera se explaya en la sensibilidad llevada al límite (ya todos ustedes lo experimentaron, para bien o para mal); la segunda, en la amplia descripción de los paisajes naturales. A partir de las relaciones amorosas y la descripción minuciosa de la naturaleza, Isaacs también está construyendo modelos o reafirmando su creencia en algún modelo de nación (como los escritores de la primera mitad del XIX, sólo que de manera menos evidente). En fin, hasta ahí lo dejo, porque decir más es resolver la propuesta de lectura de varios de ustedes. Ojalá les ayude un poco este recuento y va una mínima bibliografía para seguir pensando el tema (algunas cosas fueron las que recomendó Ogarrio en la clase):

  • Isaiah Berlin, Las raíces del romanticismo.
  • Roger Picard, El romanticismo social, México, FCE.
  • Jorge Ruedas de la Serna (coord.), La misión del escritor.
  • Walter Benjamin, “París, capital del siglo XIX”. (éste lo encuentran muy fácil en internet)
  • Françoise Perus, De selvas y selváticos: ficción autobiográfica y poética narrativa en Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera, Bogotá, Plaza and Janes.
  • Trabajos introductorios a las ediciones de las obras completas de Ignacio Rodríguez Galván en la colección “Al Siglo XIX Ida y Regreso”.
  • Antonio Cándido, Literatura y sociedad.

Un saludo.

Mariana

Hacer crítica literaria

Para este viernes 4 de octubre las lecturas que realizaremos son:

1) Antonio Alatorre, “¿Qué es la crítica literaria?”. Lo pueden leer aquí.

2) Pedro Henríquez Ureña, “El descontento y la promesa”, Seis ensayos en busca de nuestra expresión. Leer aquí.

De cualquier forma ambas lecturas ya están en el fólder 125 del anexo de la Samuel Ramos.

¡Un saludo y hasta el viernes!

Mariana

Domingo Faustino Sarmiento y su Facundo

Sarmiento

Por Mariana Brito Olvera

En su historia de la literatura, al hablar de los grandes intelectuales del período de organización en nuestra América, Pedro Henríquez Ureña los agrupa bajo el mote de “luchadores y constructores”. Incluye entre ellos a José Martí, Juan Montalvo, Manuel González Prada, Justo Sierra, etc., y dice que son “herederos de Bello y Heredia, de Sarmiento y Mitre, hombres que solían ver en la literatura una parte de su servicio público”[1]. Claro está en que todos estos hombres tuvieron en común el propósito: organizar las naciones ahora independientes, o culminar las aún no llevadas a cabo, dar una direccionalidad a la maraña política y social que tenían ante sus ojos. Todos ellos hablaron de libertad, de progreso…de civilización. Incluso podríamos decir que tuvieron una formación teórica, en cuanto a lecturas, bastante parecida. Sin embargo, curioso es que aunque el gran ideal los une, muchas veces sus proyectos políticos y sociales en concreto los distancian y, en muchos casos, los oponen.

Del proyecto sarmientino al de Justo Sierra sin duda hay bastante distancia, pero de Sarmiento a González Prada no hay distancia, sino abismo, pues el anarquista peruano –lo que quiera que eso signifique– tenía como sustento de su proyecto político y social la inclusión de los indios, contrario a Sarmiento, que no veía en ellos más que rasgos de “barbarie”. González Prada dirá que los bárbaros no son los indios, sino los que gobiernan salvajemente el estado y los que dirigen la nación espiritualmente, es decir, la institución de la iglesia. Imagínense ahora lo que le diría Simón Rodríguez a Domingo Faustino Sarmiento… (sale una nubecita de la cabeza de Mariana. Ve a Rodríguez y a Sarmiento en la inmensidad de las pampas argentinas):

Simón Rodríguez: Ya dije desde mis Sociedades americanas de 1828 que hay que dar educación popular, lo que usted también dice. Habla de extender la educación, pero piensa que no todos son aptos para recibirla, hay ahí, mi estimado Sarmiento, una contradicción que no sólo es política, sino también conceptual, y nos lleva por eso a creencias engañosas, pues para mí, al hablar de lo popular, hablamos de dar instrucción jeneral y “lo que no es JENERAL / sin excepción / no es verdaderamente público / y / lo que no es PÚBLICO NO ES SOCIAL”. Por ello, en mis Consejos de amigo dados al colegio de Latacunga, planteé la necesidad de incluir a los indios en los proyectos de instrucción, pues son parte considerable de la población y porque lo jeneral debe ser, repito, sin excepción. También propuse en otra ocasión que debía de enseñarse la lengua quechua en las aulas… pero usted… eso de la civilización y barbarie… siempre con eso.

Domingo F. Sarmiento: Usted dice tan fácil: “la educación popular, la instrucción general, sin excepción, sin excepción, sin excepcióooooon”. Estimado Rodríguez, gire sobre sí mismo y dígame, ¿qué es lo que usted ve?

Simón Rodríguez: Pues la nada y la pampa, la verdad. Si no estuviera usted aquí conmigo dudaría incluso de mi propia existencia en medio de esta inmensidad que parece devorarlo a uno.

Domingo Faustino Sarmiento: ¡Exactamente! “¿Dónde colocar la escuela para que asistan a recibir lecciones los niños diseminados a diez leguas de distancia en todas direcciones?” y no sólo es cuestión educativa, pues “no habiendo sociedad reunida, toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la policía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de alcanzar a los delincuentes”[2]. Por eso la civilización es primordial, la civilización da progreso, construye ciudades que agrupan a la gente, lo que hace permisible la gobernabilidad y la organización al fin de nuestra nación argentina.

Mariana a lo lejos: ¡Oh, he ahí el meollo de los unitarios y los federales!…

(Mariana se sacude la cabeza, recuerda que está escribiendo una entrada para los alumnos y alumnas de la clase de Ogarrio y vuelve a poner los pies en la tierra)

Ya hemos hablado varias veces en clase de la imbricación que hay entre política y literatura en el siglo XIX latinoamericano. Desde la literatura, hemos intentado pensar cómo lo político y social toma una forma, es decir, cómo la ideología se vuelve estilo y estética. Pero al mismo tiempo, al leer estos textos –y como pudo verse en mi digresión dialógica–, estamos reconstruyendo desde la literatura el debate de la historia de nuestras ideas filosóficas en ese siglo tan conflictivo y contradictorio.

No menos conflictivo es el autor que ahora nos ocupa (desde este viernes 13 de septiembre): Domingo Faustino Sarmiento y su Facundo (1845), editado muchas veces con el subtítulo de “Civilización y barbarie” (aquí la edición de la Biblioteca Ayacucho, acá una versión facsimilar).  Sarmiento nació en 1811 en un pueblito de argentina llamado San Juan y muere en el año de 1888. Las cosas que lo hacen un personaje histórico contradictorio y conflictivo son las siguientes: por un lado, preocupado por la educación, pues ella nos llevaría por fin a la tan ansiada civilización, le debemos la organización de la primera escuela normal de América Latina (1842), así como la fundación de muchas más escuelas y bibliotecas. Fue presidente de 1868 a 1874, y en esa época construyó vías que comunicaran diferentes zonas de la nación argentina. Pero por otra parte, si bien esos fueron los beneficios de su pensamiento civilizatorio, también es cierto que fue ello lo que hizo que bajo su presidencia un grandísimo número de indios y gauchos fueran exterminados, pues no eran y nunca serían aptos para el progreso. Así, mientras la población “aborigen” pintaba de rojo las pampas, un gran número de inmigrantes europeos eran recibidos con alegría, pues en la “raza” traían ya los gérmenes progresistas que construyen ciudades y escaleras hacia la libertad.

Su Facundo es, no está por demás decir, igual de contradictorio y problemático: ¿qué es el Facundo?: ¿una novela? (consideremos que la obra se publica primero como folletín y meses después ya como un libro), ¿un ensayo de geografía humana?, ¿una biografía?, ¿nada de eso?, ¿todo junto? Por otra parte, ¿por qué para dar ejemplo de civilización habla del bárbaro?, ¿ese bárbaro es pintado realmente como un salvaje sin remedio, repugnante como los “bárbaros” que terminan siendo los personajes que habitan “El matadero” de Echeverría? Alberdi tendrá un debate con Sarmiento al respecto y le dirá que es el “Plutarco” de los bandidos, pues hay veces que el escritor sanjuaniano no puede evitar rendirse a lo poético que resulta lo “bárbaro”:

Si de las condiciones de la vida pastoril tal como la ha constituido la colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una organización política cualquiera y muchas más para el triunfo de la civilización europea, de sus instituciones y de la riqueza y libertad, que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta situación tiene su costado poético y faces dignas de la pluma del romanticista. […] Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte y ver…no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina y lo sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se mueve en estas escenas se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que le preocupan despierto[3].

Lo mismo parece ocurrirle un poco con el personaje de Facundo Quiroga, el bárbaro por excelencia que a veces parece más heroico que el civilizado, más entrañable. ¿Por qué sucederá eso? Y ¿por qué Sarmiento decide hablar de la sociedad argentina estudiando la vida de un hombre, es decir, haciendo una especie de biografía?, ¿es peculiar su modo de hacer biografía o intenta calcar los moldes europeos?, ¿sólo hay veneración de su parte hacia la “raza” europea”?, ¿por qué antes de hablar de Facundo Quiroga tiene que explicar la geografía argentina? Como pueden ver, hay en estos últimos párrafos más preguntas que respuestas, espero que les ayuden más que si fueran respuestas para realizar una lectura más completa y llenarse de más y más inquietudes.

El cómo educar fue uno de los grandes retos de nuestro siglo XIX. Hubo propuestas diversas como diversos fueron los hombres que las construyeron. Cada uno tiene su aporte y sus peros, aunque hay unos que nos fascinan más que otros, claro está. Estas lecturas tienen el fin de pensar desde la literatura nuestros problemas políticos y sociales, pero si también nos pueden servir para tender un puente a la reflexión actual mucho más se habrá logrado, porque si miramos un tantito nuestra situación nacional actual, veremos cómo ese problema que fue tan importante para los “luchadores y constructores” del XIX, es un problema que hemos heredado hasta hoy, y que también a nosotros nos toca intentar resolver.

Un saludo.

Mariana


[1] Pedro Henríquez Ureña, Las Corrientes Literarias en la América Hispánica, FCE, Bogotá, 1994 [1945], p. 155.

[2] Domingo F. Samiento, Facundo, Buenos Aires, Emecé, 1999.

[3] Domingo, F. Sarmiento, Op. cit., 57-59.

¡Simón Rodríguez rules! Recuento de clase y bibliografía complementaria

Una actualización a las imágenes antiguas de Simón Rodríguez que encontré en internet. Si el filósofo caraqueño tenía alto sentido del humon, ¿por qué nosotros no?

Una actualización a las imágenes antiguas de Simón Rodríguez que encontré en internet. Si el filósofo caraqueño tenía alto sentido del humor, ¿por qué nosotros no?

Por Mariana Brito Olvera

Siento mi corazón y conozco al hombre. He sido diferente a todos los que he visto. Creo que soy diferente a todos los hombres existentes.

Jean Jacques Rousseau, Confesiones.

Este viernes tuvimos nuestra clase sobre Simón Rodríguez y Sociedades americanas en 1828. Empezamos con una pregunta fundamental: ¿por qué leer a Rodríguez en una clase de literatura? Entre las primeras aventuraciones de respuesta se dijo el elemento clave: por la forma en que está escrito, la tipografía, los signos de puntuación…todo eso tiene una forma rara, diferente a la de los demás filósofos y políticos que escribían en esa época en nuestra América. No es por nada que a nuestro peculiar autor le llamaran “el loco Rodríguez”.

  1. Problemas de historia textual y editorial

La primera cosa de la que hablamos fue de la historia textual de Sociedades americanas en 1828. Cómo son y cómo podrían ser en los tiempos venideros. Como ya el mismo nombre lo dice, este proyecto de Rodríguez miraba hacia distintos horizontes: primero al presente, la importancia de mirar las circunstancias concretas para poder saber qué es lo que conviene o no para dar el paso siguiente, se hace visible en la fecha: 1828. Por ello, la primera parte del proyecto estaba enfocada en hacer un estudio minucioso de las circunstancias actuales del continente americano: composición de la sociedad, modo en que se había gobernado hasta entonces, las condiciones geográficas de las distintas naciones incipientes, etc. El “cómo podrían ser en los tiempos venideros”, es el otro horizonte: el de la utopía. Todo estudio de la circunstancia presente debe servir al futuro de las naciones en construcción.

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Bibliografía. Si te interesa el tema de la utopía de Simón Rodríguez, te recomiendo ampliamente la obra de esta autora, que es la gran estudiosa de Rodríguez en México:

- María del Rayo Ramírez Fierro, Simón Rodríguez y su utopía para América, México, UNAM (El ensayo iberoamericano), 1994.

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A propósito del amplio proyecto de Simón Rodríguez, dijimos que debido a cuestiones prácticas (como que Rodríguez no contaba con ingresos como para costear la publicación de todo el libro) tuvo que avenirse a lo que los editores quisieran que él publicara, que era la parte que les parecía más llamativa: la segunda. Eso provocó que al final nos quedaran cuatro facsímiles del mismo proyecto:

Más allá de querer apantallar con afán sabelotodesco, estos datos eran importantes porque nos permitían ver que en realidad más que haberlo concluido de una vez y para siempre, Sociedades americanas será un proceso de escritura que Rodríguez continúa a lo largo de catorce años. Los cuatro facsímiles tienen cosas similares, sin embargo, son muy distintos en cuanto al orden de contenidos, la disposición visual, y los matices que añade a las ideas que rumia en todos las versiones. El ver Sociedades americanas como proceso también nos permite darnos cuenta de que los interlocutores de Rodríguez no son siempre los mismos: ¿con quién está dialogando en 1828, con quién en 1840? Recuerden que este proyecto estaba pensado para que fuera por entregas, y que los lectores tenían derecho a réplica: se sugería que las observaciones se le comunicaran al vendedor de estos ejemplares, quien se los haría llegar al autor, de modo que éste pudiera responder en el siguiente número. Se plantearon a su vez otras preguntas: ¿es cierto que la obra del filósofo caraqueño es fragmentaria y sin unidad porque nunca la terminó?, ¿qué le diríamos a Lezama Lima de su lectura de Rodríguez?

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Bibliografía. El libro del escritor cubano del que hablamos es:

- José Lezama Lima, “El romanticismo y el hecho americano”, La expresión americana, México, FCE.

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  1. Simón Rodríguez en el debate de la Ilustración: ¡¡¡¡Educación popular!!!

Lo siguiente que vimos fue cómo Rodríguez se reapropia de muchos postulados de la tradición ilustrada para plantear su proyecto de Educación popular, que será en punto neurálgico en la formación de las sociedades americanas. Hablamos de cuáles eran las diferencias entre la ilustración europea y la ilustración que quiere Simón Rodríguez.

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Bibliografía. Si te interesa la cuestión del pensamiento ilustrado en América latina te recomiendo:

- C. Paladines, “La herencia ilustrada”, El pensamiento latinoamericano en el siglo XIX, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1986.

- José Luis Romero, “El pensamiento político de la emancipación”, El obstinado rigor. Hacia una historia cultural de América Latina, UNAM, 2002 (No habla precisamente de la ilustración, pero integra el tema al debate de las independencias americanas).

- También recuerdo que les hablé de este documental cuando tocamos el tema de los objetivos del surgimiento de la educación pública en el siglo XVIII: La educación prohibida, que pueden ver aquí.

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  1. “Jesticular es pintar en el aire”: el cuerpo de la idea

Vimos también que para Rodríguez el conocimiento no se adquiría sólo con el intelecto, sino que era un proceso que pasaba también por los sentidos y que ese postulado era la razón de que Sociedades americanas estuviera escrito de esa manera, pues la forma del discurso es parte del proyecto político y social del autor.

Hablamos de la gestualidad en Rodríguez que se manifestaba a través de mecanismos estilísticos como el uso de la ironía, los puntos suspensivos, los signos de admiración, los juegos constantes que involucran al lector, etc.

  1. Escribir a Rodríguez

Por último, vimos los problemas teóricos para una elaboración de la biografía de Simón Rodríguez. Hablamos de la biografía que escribe Amunátegui y de que su tradición biográfica es muy distinta a la forma en que se hace biografía histórica hoy en día. Problematizamos nuevamente la idea de la ficción e introdujimos una nueva categoría literaria: la de verosimilitud. Nos preguntamos: ¿qué es lo que hace que cuando nos cuentan anécdotas de Rodríguez, pese a que probablemente no podamos comprobar que ocurrieron, nosotros creamos en ellas y nos parezcan verosímiles?

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Bibliografía. Si te interesa profundizar en el aspecto de la tradición biográfica y Simón Rodríguez te recomiendo ampliamente:

- Rafael Mondragón, “Una “Vida” de Simón Rodríguez. Reflexiones sobre el uso del género biográfico en la historia de las ideas filosóficas en nuestra América“, Memorias del II Coloquio Internacional “Historia y Literatura”, Guanajuato, Universidad de Guanajuato, 2008.  También les recomiendo que lean la entrada sobre Simón Rodríguez que Rafael preparó para su grupo (aquí), está muy completa y tiene cosas que yo no incluyo en la mía.

- Y si antes de eso quieres leer a Amunátegui, aquí puedes encontrar el enlace para leer sus “Ensayos biográficos”.

- También les hablé de esta obra, que es una novela de la vida de Simón Rodríguez: Arturo Uslar Pietri, La isla de Robinson, Barcelona, Seix-Barral.

Y a propósito de ello, me despido por fin con este obsequio (es Uslar Pietri hablando de Simón Rodríguez y La isla de Robinson):

 

Un saludo cordial.

Nos vemos el siguiente miércoles, ya con Ogarrio de regreso :)

Mariana

Simón Rodríguez y Sociedades americanas

¡Hola!

Para este viernes 8 de septiembre veremos Sociedades americanas, de Simón Rodríguez. Una parte de lo que hay que leer (facsímil de 1840) ya está en el fólder del anexo de la Samuel Ramos, es el número 125. Del facsímil de 1828 (que es el que encontrarán aquí) leeremos muy poco, solamente el “Prodromo” y las páginas que le anteceden. De modo que deben leer desde el inicio hasta la página 6 (seq. 14).  Más tarde ampliaré esta entrada, ahorita es de rápido para que puedan ir leyendo.

¡Un saludo!

Mariana

Pablo de Olavide y su Evangelio en triumpho

pablo-olavide--146x220Para este miércoles 4 de septiembre la lectura que realizaremos es la de Pablo de Olavide, El Evangelio en triumpho o historia de un filósofo desengañado. Para introducirnos en la cuestión pegaré aquí una excelente entrada escrita por el profesor Rafael Mondragón, maestro querido del Colegio de Letras Hispánicas que me presentó a Olavide (la entrada la pueden encontrar en este link, que es el del blog de sus cursos).

***

“El miércoles comenzaremos con Pablo de Olavide. [...] Habrán visto cómo, para cada sesión, la lectura de un autor específico nos sirve para plantear algunos temas colaterales: la semana pasada, al revisar a Varela, hablamos del surgimiento de la opinión pública, de la lucha contra la esclavitud y de la especificidad de la tradición republicana, que no es ni liberal ni conservadora. Ahora hablaremos de la novela ilustrada como género literario a caballo entre la anécdota y el pensamiento, y de la relación entre Olavide y la tradición conservadora. Se trata de una relación doblemente marginal pues, como veremos, ni Olavide es un conservador en sentido pleno, ni nuestro conservadurismo es exactamente lo mismo que el conservadurismo europeo. No les quiero arruinar la sorpresa del viernes, pero el otro tema que tocaremos es el de la utopía como género literario y método de pensamiento. Pero vamos a la presentación del autor…

El peruano Pablo Olavide nació en 1725. Era sobrino del virrey Agustín de Jáuregui. A los 15 años obtuvo el grado de Doctor en Teología, y un año después, los de Doctor en Derecho Canónico y Derecho Civil. A los 20 años ya era oidor de la administración virreinal, lo que le permitió colaborar en la reconstrucción de Lima después del terremoto de 1740: su participación en la misma le vale ser acusado de malversación de fondos destinados a la reconstrucción. (Los ilustrados posteriores, que mitificarán este hecho, dirán que Olavide ayudó a restaurar un teatro y una iglesia, y que los frailes, celosos de él, dirán que el teatro fue reconstruido con más lujo que la iglesia). Para defenderse, en 1750 Olavide tiene que viajar a España, donde logra una “sentencia de olvido” por parte de Fernando VI, ingresa a la exclusiva orden de los Caballeros de Santiago y se casa con Isabel de los Ríos, una rica viuda.

La carrera de Olavide va en ascenso: inicia relaciones comerciales y viaja a Francia continuamente, donde traba relaciones con los ilustrados. (Tenemos conocimiento de que en estas fechas comienza a escribirse con Voltaire, pero esas cartas están perdidas). La llegada al poder de Carlos III permite que Olavide ocupe cargos de importancia en la administración española, y participe en proyectos tan importantes como la creación del nuevo plan de estudios de la Universidad de Sevilla y el establecimiento de las Nuevas Poblaciones en la Sierra Morena. Olavide se convierte en símbolo de la política reformista de Carlos III, y se atrae por ello el odio de los sectores reaccionarios: la Inquisición inicia un proceso contra él por hereje, y lo condena en 1779 a ocho años de prisión. El proceso quería tener un valor simbólico, como escarmiento a todos los ilustrados españoles, y por ello será comentado en todo el mundo, convirtiendo a su autor en toda una celebridad, símbolo de la lucha contra el dogmatismo. En ese contexto, en 1780 Olavide se escapa de la cárcel y huye a Francia, donde Diderot lo recibe ante la Academia Francesa.

En 1790, durante la Revolución Francesa, Olavide será parte de la “delegación de extranjeros y proscritos de todos los países”, y luego será nombrado ciudadano de honor de la nueva República. Sin embargo, en 1794, en pleno Terror, nuestro peruano será encarcelado por “sospechoso”. Un año después, sale de cárcel: ya ha comenzado el proyecto de El evangelio en triumpho, que será publicado en 1797 en España, y gracias al cual será perdonado por la Inquisición y obtendrá de Carlos IV el permiso para regresar a España. Dos años después se establece en Baeza, cerca de las Nuevas Poblaciones.

El peruano es ya un anciano, que ha vivido perseguido de lugar en lugar, primero por la intolerancia religiosa, después, por la intolerancia de la razón. Muere allí mismo, en 1803. Su vida fue la vida del siglo, y sus desengaños, los desengaños de todos los proyectos. Maestro de Jovellanos, amigo de Francisco de Miranda, su legado al final parece hecho de sombras. Su obra mayor, de la que vamos a leer algunos fragmentos, tendrá un éxito de ventas tremendo, pues será leída como la gran retractación de un personaje simbólico. ¿Fue realmente así? ¿Sólo hay desengaño en esa obra? Esas preguntas pueden servir para cerrar la primera parte de nuestro programa, dedicada a los generosos humanistas ilustrados, que soñaron con tanta fuerza los sueños que en el siglo XIX se convirtieron en pesadilla, los mismos sueños que el egoísta siglo XX ya no quiere recordar. [...]

Algunas sugerencias para preparar la clase. Sobre Olavide, son clásicas las palabras que le dedicó Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, donde Olavide sale como uno más de los “malos” a quienes Menéndez Pelayo intenta desenmascarar… Pero el crítico español termina un poco enamorado del monstruo al que quería atacar.Ya hemos dicho que el enciclopedista Denis Diderot le dedicó a Olavide un bello discurso de 1782, donde lo vuelve héroe de la lucha contra el fanatismo. Para la valoración contemporánea, es imprescindible la contribución realizada por Marcelin Deforneaux, y por Estuardo Núñez en una serie de artículos y libros que están disponibles, parcialmente, en Internet. Les recomiendo visitar el blog de Guillermo Andrés Gutiérrez, y buscar en Scielo y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: van a encontrar cosas buenas”.

***

Lo que hay que leer para la clase del profesor Ogarrio del miércoles 4 de septiembre: como el libro es largo como la cuaresma, preparé una selección para la clase, que es la siguiente:

Del tomo I (aquí)

a) El “Prólogo del autor”.

b) Las cartas I, II y III.

Del tomo IV (aquí)

a) La carta XXXVI

Espero que disfruten al gran Olavide. Las lecturas también están el en fólder 125 del anexo de la Samuel Ramos. Un saludo y nos vemos el miércoles.

P.D.: Como sólo le dedicaremos a Olavide una clase de dos horas, les pido que lleguen temprano para aprovechar el tiempo. Empezaremos la clase a las 10:10 am. Los espero :)

Mariana

Esteban Echeverría y “El matadero”

El matadero

Por Mariana Brito Olvera

Civilización y barbarie, viejo eje narrativo que ha sido retomado una y otra vez en la literatura latinoamericana para contar nuestras historias. Eje narrativo, dicotomía perpetua, lugar común que ha permitido pensar bajo su óptica problemáticas como la política, la religión, la educación y la sociedad.

La dicotomía se abre ante nuestros ojos en este grotesco pero espléndido relato de Esteban Echeverría (Buenos Aires, 1805 – Montevideo, 1851), “El matadero”, relato por cierto fundamental para la historia de la literatura argentina. Muy curioso esto último, porque Echeverría murió pensando que era el gran poeta de la Argentina decimonónica, y, por otra parte, “El matadero” fue publicado hasta 1874, más de veinte años después de la muerte de su autor. “Su éxito como poeta fué extraordinario” dice Pedro Henríquez Ureña, y luego matiza: “pero fué el éxito de un descubridor, más que el de un artista”[1], ya que Echeverría ha sido considerado como introductor del romanticismo en nuestra América.

Echeverría no publicó su relato en vida porque, en primer lugar, creía que su labor poética era mil veces mejor que la narrativa o ensayística, y, por otro lado, básicamente porque lo hubieran matado de haberlo hecho así, pues se considera que la redacción de “El matadero” se realizó entre 1835-1840, años en los cuales Juan Manuel de Rosas, el mayor dictador y tirano del siglo XIX desde la perspectiva de los unitarios, aún podía hacer uso de su poder contra el joven poeta al leer la crítica tan acérrima y cruda que se hacía de los federales.

Para este viernes 30 de agosto leeremos este relato de Echeverría, que pueden ver aquí en la Biblioteca Virtual Cervantes. La narración trae una pequeña introducción del primer editor de sus obras completas, el intelectual argentino Juan María Gutiérrez, que también era su amigo. Ya hemos visto en clase con el profesor Ogarrio que la literatura latinoamericana del siglo XIX está íntimamente ligada al nacimiento de los estados nación y, por tanto, al pensamiento político y social. Así pasa con “El matadero”, donde hay un traslape de los valores políticos y religiosos –puestos en escena a partir de la disputa entre unitarios y federales– con valores estéticos.

Desde el ámbito de la crítica literaria lo primero que tendríamos que preguntarnos es ¿cómo hacer un análisis estético de esos valores políticos? Una pista que podría ayudarnos es pensar que lo que se está poniendo en juego es una representación estética de una interpretación de la realidad, y que, por lo tanto, tenemos que fijarnos tanto en cómo el contenido de la obra se teje con la forma que el texto tiene, es decir, la conformación de sus personajes, sus características (modo de vestir, modo de actuar, modo de hablar), el ambiente en el que transcurre la historia y, las preguntas de cajón para el estudio narrativo que siempre nos hace tener presentes Gustavo Ogarrio: ¿quién narra, desde dónde y para quién? Como     esta nota es introductoria y no finalizatoria, no les arruino el texto con mis juicios, pero les lanzo algunas pedradas interrogatorias para el análisis de la obra. Como ya había mencionado al inicio de esta nota, la narración está atravesada por la dicotomía civilización–barbarie, pero ¿quién es el bárbaro?, ¿cómo es ese bárbaro (lenguaje, ropa, actitudes)? Y, ¿cómo es el civilizado (lenguaje, ropa, actitudes)? ¿Cómo es el narrador?, ¿el narrador induce nuestros juicios como lectores de lo que sucede en la obra?, ¿qué mecanismos estilísticos emplea para ello?

Como bibliografía complementaria para Esteban Echeverría pueden encontrar aquí una ficha biográfica, y  un texto de Félix Weinberg, El Salón Literario de 1837 (aquí), donde participaba Echeverría junto con otros intelectuales argentinos de la época.

Para “El matadero” puedes leer el texto que nos recomendó Ogarrio de Ricardo Piglia, “Esteban Echeverría y el lugar de la ficción”, incluido en La Argentina en pedazos, acompañado de un cómic de Enrique Breccia (aquí). Les recomiendo que primero lean el relato y ya luego chequen esta bibliografía. Les gustará mucho el cómic, sobre todo el dibujo del unitario a caballo, buenísimo.

Por último, les pego aquí un vídeo sobre Esteban Echeverría y “El matadero”, un capítulo de muchos presentados por la serie “Filosofía aquí y ahora”, espero que les sirva.

Hasta el viernes.

Mariana

P.D.: El vídeo y la referencia del libro de Félix Weinberg lo obtube del blog http://literaturaiberoamericanaunam.blogspot.mx/, administrado por Rafael Mondragón y Mariana Ozuna, profesores del Colegio de Letras Hispánicas.

 


[1] Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, FCE, 1949, México, p. 121.

Poesía insurgente

poesía insurgentePara este viernes 23 de agosto, la lectura que realizaremos es la de Poesía insurgente, con estudio preliminar, selección y notas de Ramón Martínez Ocaranza. Está editado por la UNAM, en la Biblioteca del Estudiante Universitario. ¡Hasta el viernes!

Mariana

Fray Servando Teresa de Mier y los problemas de la ficción

Por Mariana Brito Olvera

El día de hoy abordamos el problema de la ficción en la obra de Fray Servando: ¿es totalmente verdadero todo lo que narra en su relación? ¿No son todas esas exageraciones y parodias muestra de que miente? A partir de ello, llegamos a la raíz del problema: el texto de Servando, como el de muchos otros escritores de relaciones, crónicas, diarios, etc., desde nuestro siglo XVI al XIX pone en tela de juicio la categoría de “verdad”. ¿Es la misma verdad que buscaban Bernal Díaz del Castillo, Las Casas o Fray Servando la verdad a la que aspira la historiografía actual? ¿Cómo buscaban ellos construir su verdad o, si se prefiere, su interpretación de un hecho dado? ¿Ficción es igual a mentira?

Linda Egan, de quien leímos en clase un fragmento de su artículo sobre Servando, pone énfasis a) en los rasgos cronísticos de la parte de las Memorias denominada “Relación”  y b) en que los recursos literarios de las Memorias son de suma importancia, pues, más allá de los logros estéticos, refuerzan el contenido ideológico y político, así como el fin último de esos escritos: la redención histórica, que no religiosa –como bien apuntó el Mtro. Ogarrio en clase– de Teresa de Mier ante los que apenas vienen.

Esta importancia de la ficción en la construcción de la obra de Servando nos hace ver que al escribir tanto la apología como la relación, el fraile se empieza a ficcionalizar como narrador y como personaje. Por otra parte, el motivo por el que leemos el texto intentando creer todo a Fray Servando al pie de la letra no es gratuito: el pacto de ficción que se establece en géneros literarios como las memorias, crónicas, autobiografías, diarios y demás géneros íntimos, es que hay una equivalencia entre el autor, el narrador y el personaje,[1] que se identifican como uno mismo. Es lo que Liliana Weinberg llamará –refiriéndose al ensayo, pero que me parece que se corresponde con los géneros antes mencionados– “dialéctica entre el yo y el nombre”,[2] donde se asume que el yo que se pone en juego narrativamente se corresponde en su totalidad con el autor del escrito, de modo que el lector contrae el pacto de leer el texto en clave de que es “verdad” –lo que sea que signifique eso– y que el escritor, por tanto, es sincero.

Con todas estas interrogantes que esperemos les ocasionen más y más dudas y propicien más y más curiosas lecturas, cerramos las sesiones dedicadas al estudio de las Memorias del fraile fugitivo. Ya en la entrada introductoria a la obra de Teresa de Mier habíamos dejado alguna bibliografía complementaria. Ahora les dejamos el artículo de Linda Egan, “Fray Servando Teresa de Mier y su sátira general de las cosas de la Vieja España”, que pueden descargar de aquí. Linda noche y nos vemos el viernes.

 Mariana


[1] Esta correspondencia entre autor-narrador-personaje en géneros íntimos está muy bien problematizada por Philippe Lejeune, en su libro El pacto autobiográfico.

[2] El ensayo, entre el paraíso y el infierno, México, FCE / UNAM, 2001.

Fray Servando Teresa de Mier

Fray Servando Teresa de MierPor Mariana Brito Olvera

“Se dice que soy hereje, se asegura que soy masón y se anuncia que soy centralista. Todo es, compatriotas carísimos, una cadena de atroces imposturas. Ni mis escritos ni mis palabras ni mis actos podrán jamás proponerse como justificantes de calumnias de tanto tamaño”.

Fray Servando Teresa de Mier

Este viernes abriremos el curso con uno de los más grandes y extravagantes personajes del pensamiento de nuestra América: Fray Servando Teresa de Mier.

Fray Servando Teresa de Mier (1763 – 1827), “curita juvenil, afiebrado, muy frecuente en la exaltación y el párrafo numeroso”[1], según palabras del cubano José Lezama Lima, aparece en escena pronunciando un discurso que podría pecar más de ingenuo que de rebelde: con sermón en boca y lima para derribar barrotes se lanza a decir que la imagen de la guadalupana estaba en la capa de Santo Tomás y no en la del indio Juan Diego. Pero más que inocencia por parte del pícaro cura al afirmar semejante hecho, hay astucia: al insinuar tal posibilidad del hecho guadalupano lo que hace es arrebatarle a España el título con el que los españoles habían defendido por siglos el acontecimiento de la conquista: su destino manifiesto de traer el Evangelio, el cristianismo, al Nuevo Mundo[2]. Aprovecha el momento propicio, las fiestas guadalupanas de 1794, para concretar su idea anteriormente concebida, de manera que lo que se pone de manifiesto es que el fraile se ha marcado fuera del poder central, se ha vuelto autónomo. Le ha apostado al separatismo político. Tanto el arzobispo como el virrey se han dado cuenta de lo simbólico que representa este acto, de modo que “de la persecución religiosa va a pasar a la persecución política”[3], siendo así como comienza “la ringlera de sus fugas y saltos de frontera”[4] que dura alrededor de veinte años.

Teresa de Mier fue uno de  los primeros en intuir, concebir, luchar y soñar la utopía de otra América. Cuando Hidalgo lanza el Grito de Dolores, Teresa de Mier ya está escapando de las cárceles de Europa y redactando boletines que apoyan la idea separatista. Trotamundos siempre, enseñó que la patria se lleva en las entrañas, aunque muchas veces, cansado del destierro a que después lo confinaron también algunos de sus compatriotas, diga con genio melancólico: “¡Y al infeliz que, como yo, trae las bellas letras de su casa, y por consiguiente se luce, pegan como en un real de enemigos hasta que lo encierran o destierran!”. ¿Será que abramos con gusto los oídos a esas “bellas letras” que nos legó aquel fraile errante en lugar de desterrarlo una vez más?

¿Cómo leer las Memorias? Problemas de historia editorial

Cuando uno ve en la portada de un libro el título de Memorias ya tiene en mente una obra, más que menos, de corte autobiográfico. Es decir, desde antes de comenzar la lectura ya adoptamos una clave de cómo leer la obra que se nos presenta bajo ese título. Es por ello que definir el género de la obra en cuestión de Teresa de Mier se nos muestra de suma importancia, más que por un capricho clasificatorio, por el hecho de que ello determinará nuestra forma de leer el texto.

Ante ello tendríamos que mencionar que el fraile regiomontano nunca dio nombre tal a lo que hoy denominamos sus memorias, tampoco le dio el orden en que se nos presenta generalmente (una parte de la “Apología” y otra de la “Relación”), ni lo publicó en vida. La publicación de los textos que leeremos fue póstuma y es la tan manida historia del manuscrito original que Fray Servando delegó a un hombre de confianza que se lo dio a tal otro, que llegó al general Bernardo Couto, que a su vez se lo dio a otro que lo editó por primera vez y con otro nombre, etcétera. Alfonso Reyes es el primero que le da el nombre de Memorias a la apología y la relación del viaje del doctor Mier.

Si le quitamos entonces el título nos quedan entonces al menos dos tipos de textos, que se separan unos de otros, pero que a la vez se complementan (razón por la cual sí parecen conformar una unidad). Por un lado, la parte apologética: escribe para hacer justicia a su memoria, es decir, para limpiar su nombre ante los que vendrán. Es esa necesidad de honrar su nombre a posteriori la que probablemente hizo que no publicara esta defensa propia en vida. La apología como género discursivo dará pauta a una disposición formal del texto: todo se estructura a partir de la intención de limpiar su nombre de las acusaciones hechas a lo largo de su vida, y la parte de la “relación” será la que mostrará en concreto la argumentación un tanto más teórica que se muestra en la apología. Por ello es que, a pesar de la independencia de estas dos partes, se complementan una con la otra.

Las preguntas en las que se puede ahondar a partir de todo este alegato son: ¿Por qué leer en clave literaria un texto que generalmente se lee en clave histórica?, ¿se complementarían los dos métodos? Y las preguntas que soltó al aire el profesor Ogarrio hoy en la clase: ¿quién narra? (es decir, cómo se configura o se ficcionaliza Teresa de Mier como narrador y cómo este narrador muestra al Fray Servando como personaje?) y ¿desde dónde narra?

Mariana

Para este viernes 9 de agosto quedó la lectura de “Poderosos y pecadores…” y el capítulo I de la “Apología del doctor Mier” y el capítulo I y II de la “Relación de lo que sucedió en Europa al doctor Don Servando Teresa de Mier […]”. Si no pudiste conseguir el libro impreso, aquí puedes leerlo. Es la edición de Ayacucho que preparó Alfonso Reyes.

Bibliografía sobre Fray Servando Teresa de Mier

  • Cristopher Domínguez Michael, Vida de Fray Servando, México, Era, 2004.
  • José Lezama Lima, “El romanticismo y el hecho americano”, La expresión americana, México, FCE, 1993.
  • David Brading, “II. Fray Servando Teresa de Mier”, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era, 1988.
  • José Luis Romero, “El pensamiento político de la emancipación”, El obstinado rigor. Hacia una historia cultural de América Latina”, México, UNAM, 2002.
  • Reinaldo Arenas, El mundo alucinante. (novela)

[1] José Lezama Lima, La expresión americana, México, FCE, 1993, p. 113.

[2] Aunque en la segunda parte de sus llamadas Memorias, un poco a modo de justificación, el fraile intentará matizar esa lectura diciendo que “algunos me acusaron de que había intentado quitar a los españoles la gloria de haber traído el Evangelio. ¿Cómo pude haberles quitado una gloria que es muy nuestra, pues fue de nuestros padres los conquistadores, o los primeros misioneros, cuya sucesión apostólica está entre nosotros?”. Vid. Fray Servando Teresa de Mier, Memorias, México, CONACULTA, 2008, p. 42.

[3] José Lezama Lima, Op. cit.,  p.112.

[4] Ibid., p.111.

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